Las aulas a las que nos acostumbramos de pequeños tienen ya poco que ver con los que podemos encontrar ahora mismo en un centro educativo. Los cuadernos en los que se tomaba nota de lo expuesto por el profesor son ahora tabletas que almacenan toda la sabiduría posible. También los docentes comienzan a decirle adiós a la tiza y se apuntan a pizarras electrónicas. Las aulas hace tiempo que dejaron de tenerle miedo a la tecnología y son ya espacios conectados en los que pueden emplearse nuevos recursos que amplían las posibilidades de estudiantes y profesorado.

La manera en la que cada centro incorpora estas novedades como apoyo de sus planes de estudio, claro, no es homogénea en todos los caso, aunque parece clara la intención general de aprovecharlas en la medida de posibilidades con las que cada uno cuente.

Por la sencillez de la propuesta y por las posibilidades que ofrecen, uno de las herramientas tecnológicas susceptible de incorporarse a las aulas es el bolígrafo digital. De hecho, algunas experiencias realizadas en universidades como la de Murcia han puesto a prueba la capacidad de estos elementos para intervenir en el proceso educativo.

Desde el Ministerio de Educación ya se apunta a estos dispositivos, (‘bolígrafos inteligentes’, los llaman) como piezas que tienen su cabida en los centros educativos, y muestran ejemplos similares a los que desde Habitual Data brindamos a nuestros clientes.

Ya sea para tomar nota de las explicaciones del profesor, ya sea para realizar los ejercicios que requiera o para completar un examen, no es difícil imaginar el uso de estos elementos en cualquier momento y la manera en la que puede aprovecharse su tecnología.

Un ejemplo es el del trabajo que los alumnos entregan una vez resuelven las preguntas que se les han planteado. En el caso de recurrir al bolígrafo digital para ello, la necesidad de entregar un documento en papel desaparece. El profesor puede descargar en su ordenador portátil el trabajo de toda la clase y los alumnos pueden guardarán una copia de lo que han realizado en la memoria del bolígrafo. El documento manuscrito, por su parte, puede guardarse para futuras reclamaciones, devuelto a los estudiantes para que se autoevalúen cuando el profesor resuelva los problemas planteados, enviado por correo a los padres y tutores…

Aunque tendamos a pensar que la colonización tecnológica en las aulas debe pasar por ordenadores portátiles o tabletas digitales que los chavales dominan a edades cada vez más tempranas, no está de más recurrir a artilugios que nos siguen recordando lo que somos.

Primero, por el simple hecho de mantener viva y plenamente vigente la manera tradicional de escribir, la que todos aprendimos en la escuela y que cada individuo aplica con su propia personalidad. Y segundo porque ya sabemos que la escritura a mano despierta zonas de nuestro cerebro y nos mantiene más despiertos, más atentos, que cuando transcribimos a través de un ordenador, por ejemplo.

Si en el medio está la virtud, también en el encuentro entre tradición e innovación, entre los viejos hábitos y las modernas soluciones que nos ofrece la tecnología se encontraría también la aspiración deseable a la que deberíamos tender. También en las aulas.

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